22 de agosto de 2014

En el punto de quiebre

Algunos pastores me han escrito para expresarme su preocupación por los muchos feligreses que simplemente se están rindiendo. “Cristianos buenos y honestos están tan agobiados con culpabilidad y condenación que causa desesperación. Cuando no pueden vivir de acuerdo a sus expectaciones, cuando caen de vuelta en pecado, ellos deciden rendirse”.

Un número creciente de cristianos están en el punto de quiebre. Algunos cristianos no se atreverían a albergar pensamientos de abandonar su amor por Jesús, pero en la desesperación, ellos consideran rendirse y ya no intentar más.

Hoy en día, algunos ministros continuamente predican sólo un mensaje positivo. Según ellos, cada cristiano está recibiendo milagros, cada uno está recibiendo respuestas instantáneas a sus oraciones; cada uno está sintiéndose bien, viviendo bien y todo el mundo brilla y es perfecto. Me encanta escuchar esa clase de prédicas porque yo realmente deseo todas esas cosas buenas y saludables para el pueblo de Dios. Pero las cosas no son así para un gran número de cristianos muy honestos y sinceros.

Por eso nuestros jóvenes se rinden en derrota. No pueden vivir de acuerdo a la imagen, creada por la religión de un cristiano sin problemas, rico, exitoso, siempre pensando positivo. Su mundo no es así de ideal; ellos viven con corazones rotos, crisis a cada hora y problemas familiares.

Pablo habló sobre los problemas: “…tribulación que nos sobrevino…fuimos abrumados en gran manera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida” (ver 2 Corintios 1:8).

Los pensamientos positivos no harán que estos problemas desaparezcan y “confesar” que estos problemas no existen realmente, no cambia nada. ¿Cuál es la cura? Hay dos absolutos que me han traído gran alivio y ayuda:
Dios me ama. Él es un Padre amoroso que sólo quiere levantarnos de nuestras debilidades.
Es mi fe lo que le complace más. Él quiere que yo confíe en Él.

“Te amo, oh Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio. Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado, y seré salvo de mis enemigos” (Salmos 18:1-3).
David Wilkerson

21 de agosto de 2014

¿Fábulas o aventuras?

Pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán. —Salmo 102:27

A mi abuelo le encantaba contar historias, y a mí, escucharlas. Tenía de dos clases: las «fábulas», con un dejo de verdad, pero que cambiaban cada vez que las contaba; y las «aventuras», las cuales habían sucedido realmente y donde los hechos nunca se modificaban al volver a relatarlas. Un día, me contó una historia que parecía demasiado disparatada para ser cierta. Yo dije: «Es una fábula», pero él insistía en que no. Aunque lo que narraba nunca cambiaba, yo simplemente no podía creerlo, ya que era muy extraño.

Entonces, un día, mientras escuchaba un programa de radio, el locutor relató una historia que confirmó la verdad de lo que contaba mi abuelo. De pronto, la «fábula» se convirtió en una «aventura». El recuerdo de aquellos momentos se tornó en una experiencia conmovedora que hizo que mi abuelo fuera aun más confiable para mí.

Cuando el salmista escribió sobre la naturaleza inmutable de Dios (102:27), nos ofreció el mismo consuelo: la confiabilidad de Dios. El concepto se repite en Hebreos 13:8, con estas palabras: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Esto puede elevar nuestro corazón por encima de las pruebas cotidianas, al recordarnos que un Dios inmutable y digno de confianza gobierna incluso el caos de un mundo cambiante.

Que la inmutabilidad de Dios te llene el corazón de paz en medio de tus tormentas.
Randy Kilgore

20 de agosto de 2014

Volviendo a la fogata

Sientes que todo se pone en tu contra, se te van las ganas de orar, poco a poco vas perdiendo el sabor de ser cristiano y disfrutar de tu estatus como tal. Tu vida se vuelve monótona, pareciera que todo se vuelve una rutina y aquella relación que un día tuviste con Dios de a poco se fue apagando.

Y es que es triste cuando se llega a un momento en donde las cosas ya no tienen el mismo valor, cuando lo espiritual ya no capta tu atención y en donde lo secular te cautiva. Esos momentos en donde le estás dando más importancia a aquello que no edifica en lugar de a aquello que te edificaba.

Y es que aun el leño más encendido de la fogata al ser retirado de ella se apaga. Así mismo ocurre en la vida espiritual, por muy buen cristiano que fuiste, por muy buena relación con Dios que tuviste o por mucho que antes orabas o leías la Biblia, si poco a poco te vas retirando de esos buenos hábitos, tarde o temprano te apagaras.

Hay personas que dicen que ya no se sienten igual que antes, que declaran que ya no sienten lo mismo, que hace tiempo que no sienten la presencia de Dios o desde hace tiempo que no lloran en su presencia, pero yo les preguntaría a esas personas: ¿Qué tan cerca están del fuego cómo para seguir encendido?

La mayoría de nosotros nos quejamos de no sentir a Dios, pero no hacemos nada por acercarnos. Pareciera que llegamos a una cierta apatía hacia todo lo espiritual, es cómo querer sentir lo mismo habiendo dejado de hacer lo que antes hacíamos, queremos ver resultados iguales o mejores que antes, sin hacer lo que antes hacíamos.

Hoy quiero invitarte a reflexionar y a pensar qué fue lo que hizo que salieras de la fogata que te mantenía encendido. Hoy te invito a reflexionar con toda sinceridad y humildad en qué momento dejaste de practicar aquellos hábitos que hacían que tu vida espiritual estuviera firme. ¿Quieres ver iguales o mejores resultados de los que veías antes?, entonces comienza a hacer lo mismo o mejores cosas de las que hacías antes.

Alguien hasta este punto puede decir: “Yo ya no puedo regresar a lo que era antes”, yo te pregunto, ¿Antes de lo que eras antes pensaste que ibas a poder a hacer lo que llegaste a hacer?, todo comienza con la disposición de corazón que tengas, si realmente quieres, puedes, porque Dios siempre ha estado dispuesto a mantener una relación personal contigo, la pregunta es: ¿Tú realmente quieres mantener una relación personal con Dios?

Es hora de hacer a un lado todo aquello que me evita estar cerca de Dios, es hora de dejar aquellos hábitos que me están robando el tiempo que debería dedicar a Dios, es hora de disponer nuestro corazón para que Dios pueda hacer mejores cosas de las que ya antes hizo en nuestra vida.

Hoy te invito a comenzar de nuevo, a dedicar unos minutos para orar, a dedicar unos minutos para leer la Biblia, a volver a congregarte y hasta servir, puesto que entre más tiempo dedicas a las cosas de Dios, menos tiempo tendrás para pensar en las cosas que no te edifican.

¡Es hora de volver a lugar de donde nunca debimos de salir!, es hora de volver a la fogata de Dios que enciende nuestra pasión por Él y por las almas que todavía no se han alcanzado.

¡Busquemos a Dios con todo nuestro ser!

“Por eso, recuerda de dónde has caído, vuélvete a Dios y haz otra vez lo que hacías al principio. Si no, iré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar, a menos que te vuelvas a Dios.”
Apocalipsis 2:5 Dios Habla Hoy (DHH)

“Cuando ustedes me busquen, me encontrarán, siempre y cuando me busquen de todo corazón.”
Jeremías 29:13 Traducción en lenguaje actual (TLA)
Enrique Monterroza

19 de agosto de 2014

Los procesos no son mas que una excusa

1 Juan 1:6Reina-Valera 1960 (RVR1960)Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad.

Por alguna razón a las personas les encanta pensar y decir que se encuentran en medio de un proceso de parte de Dios o bien que Dios está tratando con ellas, y pareciera que Dios está queriendo convencerlas de que “se porten bien”, para que las pueda bendecir.

La verdad es que todos sabemos lo que está mal en nuestras vidas y las cosas que tenemos que hacer, pero no todos estamos dispuestos a hacerlas, por ello nos justificamos y nos queremos convencer a nosotros mismos de estar en un proceso que en realidad no existe.

Piénselo de esta manera, cuanto tiempo le toma a Dios el perdonar nuestros pecados?, verdad que su perdón es absoluto como inmediato?, de la misma manera Dios puede transformarnos y hacer cambios en nosotros, pues todo lo que necesitamos es estar dispuestos a que lo haga y así sucederá, no necesitamos el pasar por un proceso.

Es como aquellas personas que dicen estar preparándose para servir a Dios y a otros y nunca lo llegan a hacer porque nunca terminan de prepararse y nunca empiezan a servir, pues pretenden llegar a alcanzar una medida que Dios nunca les puso y que en realidad no existe.

Cuando pienso en esto, me viene inevitablemente a la mente la anécdota del cojo frente a la puerta del templo, al cual Pedro le dijo “no tengo oro ni plata, mas lo que tengo te lo doy” y el cojo entendió que con el toque de Pedro no solo recibió la sanidad, sino todo lo que había en el, su amor por Dios y las prioridades que había en su corazón, de manera que de inmediato supo que hacer y entró al templo a adorar a Dios, no tuvo que pasar por ningún proceso, ni tuvo que aprender a hacerlo, simplemente se entendió como hijo de Dios y cumplió cabalmente con su papel.

Es por eso que debemos de darle chance a Dios de ser Dios, es decir, tenemos que entender que es Él el todopoderoso y que somos nosotros sus instrumentos, que todo lo que debemos de hacer es ser santos y con esto no digo que seamos buenos, sino apartados como es el significado de la palabra santos, en donde nuestra prioridad sea Él y con ello dice la palabra que Él pone en nosotros el querer como el hacer, es decir, si permitimos que Él sea nuestro Señor y rija nuestras vidas, entonces hasta las ganas de hacer las cosas nos dará, pues entenderemos sus motivos y los haremos nuestros.

Lo ve?, se da cuenta de cuanto tiempo hemos invertido en pasar por procesos que no nos sirven para nada?, todo lo que debemos de hacer es amar a Dios y conocerlo por medio de su palabra, y Él nos utilizará todo el tiempo si lo permitimos.

A diario me encuentro con personas que están tratando de reconstruir sus matrimonios y se encuentran en procesos de perdón y restauración y olvidan que si Dios los perdona de inmediato y olvida que los perdonó, ellos tienen la misma capacidad y responsabilidad de hacerlo y que desde el momento que se casaron y se pusieron de acuerdo, son una misma carne, por tal no hay nada que restaurar entre ellos, a menos que nunca hayan sido una sola carne y sea esa la raíz de sus problemas, cosa que es bastante común.

Hay personas que dicen tener una relación con Dios, pero dicen no saber orar, y pretenden pasar largo tiempo en medio de otras personas que tienen más experiencia, para “aprender”, siendo que realmente es solo una excusa para no hacer la parte que les corresponde.

Piénselo de esta manera, desde el momento que decidimos hacer de Yeshúa (Jesús) el Señor y Salvador de nuestras vidas, quedamos libres de pecado y en condición de hijos, desde ese mismo instante, quedamos 100% capacitados para servir a Dios, ya que su naturaleza es depositada en nosotros, por tanto, solo nos hace falta el decidir hacerlo y dejar de pensar que tenemos que pasar por un proceso del cual la Biblia no habla.

Es un hecho que tenemos que crecer y no lo dejaremos de hacer nunca, y pasaremos por un proceso de perfeccionamiento, pues la medida de Cristo es nuestra meta, pero si nos escudamos en los procesos que nos inventamos y atribuimos a Dios, nos mantendremos en tinieblas como lo dice la cita de hoy, por tanto debemos de entender las cosas como son, cada día habremos de ser perdonados de nuevo y cada día seremos limpiados y purificados, para ser parte de un cuerpo y un pueblo que refleja a Dios todo el tiempo.
Rene Giesemann

18 de agosto de 2014

El machismo y el SIDA

La mujer apenas podía contener las lágrimas. Estaba contándoles su historia a oficiales del Seguro Social. Era la misma historia de muchas mujeres como ella, una historia que es drama y que es, a la vez, tragedia.

Se llamaba Rosario Servín, y tenía treinta y nueve años de edad. Vivía en una de las grandes capitales de América Latina, era viuda y tenía seis hijos. Su esposo había muerto de SIDA, y ella también estaba infectada. Rosario acababa de perder su casa, que era la única herencia, además de la enfermedad, que le dejó su esposo.

Tales casos representan una epidemia. Miles y miles de mujeres pueden contar la misma historia. Casadas con un hombre machista, deben aguantar pacientemente todo lo que él haga.

El esposo, que tiene todas las mujeres que quiere, vive en completo abandono y se enferma de SIDA. La mujer no se atreve a decir una sola palabra, ni a preguntar cuántas mujeres tiene ni a ensayar la menor protesta. Lo aguanta todo pacientemente, pidiéndole a Dios que su esposo cambie, pero en vez de cambiar él le transmite a ella el virus mortal.

Se cuenta que cuando Hernán Cortes conquistó México, los príncipes aztecas le traían lotes de hasta veinte muchachas vírgenes para que escogiera la que más le gustara, y distribuyera a las restantes entre sus capitanes. Esa es parte de nuestra herencia. Con la proliferación del machismo, de la lujuria y del pisoteo cínico de las normas divinas del sexo y del matrimonio, ¿cómo no van a haber en las Américas millones de casos de SIDA?

Tenemos quinientos años de «civilización» en nuestros países de habla española. ¿Y a qué hemos llegado? Lo que salta a la vista es un enorme desmoronamiento moral, espiritual, económico y político.

¿Qué es lo que falta en nuestra sociedad? Falta algo que la civilización no ha podido darnos. Falta algo que la cultura no ha podido darnos. Incluso, falta algo que la religión tampoco ha podido darnos. Falta Dios introducido en cada fibra de nuestra vida. Falta una relación personal con el Señor Jesucristo.

Cristo puede entrar en nuestra vida desalojando de nosotros todo lo que es malo. Él puede regenerarnos y limpiarnos, y hacer de nosotros —de cada hombre y cada mujer que se entrega a Él— una nueva persona. Cristo, y no la religión, es lo que salva. Dejémoslo entrar en nuestro corazón. Ese será el principio de una nueva vida. Dejemos que entre hoy mismo. Él quiere ser el Señor de nuestra vida.
Hermano Pablo