Por el camino de Emaús

Difícil conocer a dos mil años de los acontecimientos, dónde se encontraría el emplazamiento presente de la aldea de Emaús de Lucas Cap. 24, cuyo nombre significaba algo así como “aguas calientes” o “fuentes tibias”. De los que saben, muchos coinciden en situarla a unos 11 km al NO de Jerusalén, aunque su ubicación sigue siendo incierta.

En aquella ocasión, Jesús el día de su Resurrección, se manifestó a dos de los discípulos que caminaban hacia Emaús. Con algo de dificultad puedo imaginar la situación en el marco del presente.  Los hombres que caminaban por el polvoriento camino no lo estarían haciendo con entusiasmo, felicidad o algarabía justamente. Quien hasta hacía poco había afirmado categóricamente cosas como “la verdad os hará libres”; “Yo Soy el camino, la verdad y la vida…”, “Yo Soy el agua de vida…”; ahora ya no se encontraba entre ellos.  A quien le habían escuchado decir “yo he venido para que tengan vida y en abundancia” fue el mismo  de quien presenciaron su triste y dolorosa muerte y a quien le oyeron clamar a gran voz “Padre, ¿por qué me has abandonado?” poco antes de morir levantado en una cruenta cruz como el más vil de los delincuentes entre otros dos malhechores.  Un panorama bastante poco alentador por cierto. Ninguno de los hombres que lo seguían podría haber imaginado semejante desenlace.

Muchos esperaban de Jesús a otra clase de “libertador”. Un revolucionario, a alguien con fuerza de liderazgo como para levantar a la nación judía contra la opresión romana.  “Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel;  y ahora,  además de todo esto,  hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido”  (Luc 24:21), comentaban con tristeza ante Jesús mismo sin saber que era, nada más ni nada menos que El, el tercer hombre que caminaba junto a ellos.

En lugar de esa clase de “libertador” se hallaron ante un hombre que les presentó otra clase de reino, un reino cuyas fronteras trascendían este mundo, más allá de todo entendimiento, de de toda razón, de toda justicia humana.  Cuando estos dos hombres iban a Emaús, ya se habían comenzado a correr los rumores entre sus seguidores de que el sepulcro había sido hallado vacío.  No obstante ello, no podían dejar de sentirse confundidos y alguno de ellos con una dosis para nada escasa de incredulidad. Es más, cuando llegaron a la aldea,  y Jesús se presentó delante de muchos allí reunidos, unos cuantos de los que lo reconocieron se asustaron hasta tal punto que “espantados y atemorizados pensaban que veían espíritu” (Lucas 24: 36 y 37).

A lo largo de mi vida, puedo ver que he transitado y aún transito muchos de esos ardientes y polvorientos caminos hacia Emaús. Hace muy poco, habiendo sido blanco de otro episodio de prepotencia y de maltrato, esa noche sumido en angustia y confusión clamé al Señor con tristeza y vehemencia “¡Señor, haz algo!!”.

Muchas veces los caminos de la vida se tornan desolados, el suelo quema los pies y el polvo hace arder los ojos haciendo que las lágrimas afloren sin contención.  Como en los días de Jesús sobre esta tierra, muchas veces he esperado de Dios otra cosa distinta de la que El tenía pensado hacer y la percepción de nuestros sentidos humanos se torna difusa y confusa. Tal y como los dos hombres que caminaban en dirección a Emaús, que esperaban otra cosa de Jesús como “libertador” y no pudieron reconocer su presencia sino hasta mucho después.

“En mi casa no es cosa de vez en cuando. En mi casa hay lágrimas todos los días. Pero mi consuelo sigue siendo el Señor” me comentaba hace unos días atrás, un amado amigo que pasa por una situación muy difícil. Yo me hubiera venido abajo por mucho menos de lo que le toca a él.

Un ángel que puso Dios en mi camino para hacerme notar que aunque no lo pueda ver, que aunque mis sentidos y mi corazón me indiquen ausencia y distancia, sin importar los acontecimientos ni el desenlace, más allá de las personas y de las circunstancias; Su Dulce Presencia se encuentra allí, muy junto a mí.

Jehová es mi pastor;  nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar;
 Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma;
 Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte,
 No temeré mal alguno,  porque tú estarás conmigo;
 Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
 Unges mi cabeza con aceite;  mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,
 Y en la casa de Jehová moraré por largos días.
(Salmos 23:1-6 RV60)

Luis Caccia Guerra